Por: Maria Elvira Samper.
La respuesta de la sociedad no ha sido tanto el estupor o el rechazo, sino la rutinización y el olvido”, dice el informe Trujillo, una tragedia que no cesa, un documento de 300 páginas que el grupo de Memoria Histórica de la Comisión de Reparación y Reconciliación, encabezado por el historiador Gonzalo Sánchez, entregó este martes, y que recoge los seis años de terror (1988–1994) desa-tados en ese municipio del Valle por la alianza criminal de narcotraficantes, paramilitares y miembros de la Fuerza Pública para combatir al Eln.
Seis años de terror que dejaron 342 personas torturadas y asesinadas, y cientos de víctimas que se resisten a olvidar, porque a casi 20 años de la masacre y a 10 de que el Estado aceptara su responsabilidad por los hechos, la violencia continúa, el Estado no ha cumplido los compromisos con la comunidad y con las víctimas, y campea la impunidad.
De ahí la importancia del informe que obliga a recordar y que abre el expediente de la memoria histórica. Los colombianos debemos entender que los hechos de Trujillo pertenecen al pasado nacional, que Trujillo es un microcosmos del país y que nuestra historia presente está construida sobre millones de muertos. Que la violencia no cesa porque el olvido y la indiferencia solo contribuyen a que la historia se repita.
Y aunque es imposible recuperar la vida de las víctimas de las masacres de Trujillo, o la de miles de aquellos que los paramilitares cercenaron en los últimos 20 o 25 años, o la de las víctimas de las Farc en más de 40 años y menos aun la de aquellos que cayeron en las aciagas épocas de la violencia liberal-conservadora, los fantasmas están ahí, siempre presentes, listos a dar el zarpazo para espetarnos que echar tierra sobre el pasado es un ejercicio inútil.
Ninguna sociedad lo ha logrado. Ni Alemania frente a los horrores del nazismo, ni Rusia frente a los del estalinismo; ni Francia frente a la complicidad del régimen de Vichy con la Alemania de Hitler o a los crímenes durante la guerra de Argelia; ni España que cerró los ojos al pasado durante la transición a la democracia pero que el año pasado aprobó la llamada Ley de Memoria Histórica, que reconoce a las víctimas del franquismo y de los dos bandos de la Guerra Civil. Tampoco Argentina, que reabrió los juicios contra los miembros de la dictadura militar cuando la Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucionales las leyes de punto final y de obediencia debida del gobierno de Alfonsín, y las de amnistía del de Menem; ni Chile, donde después de la muerte de Pinochet algunos de los que fueron agentes de la represión han comenzado a romper el pacto de silencio.
Para ninguna nación es fácil enfrentar un pasado traumático, de violencia. Recordar produce miedo e inclusive es considerado peligroso por aquellos que creen que volver los ojos sobre el pasado reabre heridas, afecta procesos de reconciliación, revive odios y deseos de venganza. Nada más falso. La verdad es que en Colombia las heridas están cicatrizadas a medias o siguen abiertas. Heridas que están infectadas y supuran en forma de nuevas violencias en un eterno retorno de lo mismo.
Es necesario romper esa especie de consenso social tácito según el cual hay que pasar la página y seguir viviendo como si nada hubiera pasado. No es posible seguir ignorando las voces de las miles de víctimas que se ahogan en medio del ruido ensordecedor de tantas violencias recicladas, de la algarabía propagandística de la seguridad democrática, que si bien les ha llegado a unos, para otros es apenas una ilusión porque su seguridad sigue amenazada.
Es inmoral responder al crimen con el silencio, la indiferencia o el cálculo político. Que sirva esta ‘Semana de la Memoria’ para que la sociedad toda “avive el ceso y despierte”. Si lo que queremos es un país democrático y en paz, hay que enfrentar el pasado. Por doloroso que sea.
*Comentarios
- ESCRITO POR: Dario
Las fuerzas militares siempre tienen razones de estado si no es la inteligencia entonces son los sapos que avivan masacres.